Las joyas del nido

Pasa el cercanías a lo lejos. Ya no lo oigo. Se habrá metido en el tunel.
Abro la ventana de mi habitación aunque sé que ya no estará a mi vista.
Es mi habitación, en casa de mi madre (y de mi padre).

Con la ventana abierta oigo una urraca graznar “ruacarracarrá”.
Me asomo más y la veo posarse aquí abajo, sobre una farola.
Me inclino más. Para seguirla con la mirada me doblo sobre los olorosos geranios de mi madre.

El piar de un gorrión pasa por allá, más lejos.
No miro, por no perder de vista a la nerviosa urraca.
Las plumas negras son más bien verdeoscuras cuando las da el sol, que brilla ahora que no llueve.

La urraca, que también será madre, tendrá el nido lleno de joyas, y sus polluelos se asomarán también al oír el tren.

No necesitamos más seguridad sino menos miedo

Da igual lo que tengas. La felicidad depende más de lo que temes perder que de lo que te falta.

Conozco gente con poco y gente con mucho y el miedo no reconoce méritos, sino que visita a unos y a otros sin criterio.

Pasa también con el miedo a la muerte. Da igual lo real que sea la amenaza. La infelicidad depende más del miedo que del grado de seguridad.

No reconozco a la sociedad europea. No somos Palestina, ni Beirut, ni Alepo, pero el miedo nos visita a todos por igual como si no entendiese de razones.

No necesitamos más seguridad sino menos miedo.

Ahora que me he perdonado, me doy las gracias

Vivo en una caverna dada vuelta como un calcetín, como un ermitaño.
Viajo por el mundo como un embajador de mi mundo.
Veo caras que me suenan como palabras extranjeras. No las entiendo.

Soy apostol. Predico que no hay mensaje y me contradigo en el desierto.
Aprendo. Ya me lo sé todo. Hay cosas que no entran en el examen que me hace el espejo cada noche.

Mi tiempo es tan caro (tan barato). Te lo doy si lo quieres. Yo decido si lo quieres.
Ahorro paciencia, es tan caro conversar en este lugar. Hablemos. Tengo muchas cosas que escucharte.
Pido la voluntad, que es la única fuerza que lo mueve todo. Que me conmueve.

Espero. Permanezco en el centro del tiempo infinito.
Cuanto más alta la música, más lejos me siento del silencio.

Borracho de cafeina,
Nando.

Un pueblo es

La burbuja inmobiliaria nos ha dejado un pufo gigantesco en los bancos y en las finanzas del país. Pero también nos ha dejado un montón de dinero en manos de nuevos ricos. Un montón de incultos premiados por su osadía y su ignorancia. Nótese que utilizo “incultos” como insulto. ¿No debería…?

Ya me he encontrado con unos cuantos, haciendo negocios y me da vergüenza tratar con este tipo de especuladores sin ninguna cultura profesional, ni educación, ni palabra.

Tenemos la mirada puesta en los archibanqueros como si todo fuera culpa suya, pero yo soy más pesimista. El “pueblo” se ha hecho rico defraudando y especulando. La clase obrera también ha jugado a este monopoly. El pueblo (que ahora se ahoga con los recortes) es cómplice. El #15M grita “No nos representan”. Yo digo que sí. “Sí les representan”.

La ambición es el alma de la economía capitalista. La generación de nuestros padres lo ha aprendido a base de bien. Lo han aprendido pasando hambre en la posguerra. Lo han aprendido comulgando con la iglesia, con la corrupción. Les ha educado la limosna de un Sistema siempre en manos de los mismos.

Solo querían prosperar. Solo querían sacar adelante a mi generación. La burbuja inmobiliaria, como un tumor desbocado, ha crecido alimentada por el sueño americano de las familias. Señores, hemos sido nosotros.

No creo tan profundamente que todo esto sea únicamente culpa de la clase política. Hemos heredado una transición donde rebeldes y franquistas comparten escaños. Empezaron con juventud y fuerza y se hicieron cambios, pero quedaron muchas cosas a medias.

Todo esto ha sucedido mientras muchos estómagos agradecidos han mirado para otro lado desde su escaño. Mientras muchos hemos pasado del Sistema desde la calle.
Me da la sensación que tenemos lo que merecemos… Creo que no vamos a cambiar nada si no cambiamos nosotros mismos.

Soy clasista

No soy clasista en el sentido de limitar o condicionar mis afectos o trazos sociales. Hay dos clases de personas en el mundo y verás cómo la variedad es obvia y lógica.

Hay personas que son como yo y personas que no lo son. Admiro y aprendo de ambas.

¿cómo puedo saber quién soy si no es aprendiéndolo de personas que son como yo?
¿cómo puedo saber qué no soy si no es aprendiéndolo de personas que no son como yo?
¿cómo puedo saber cómo cambiar si no es aprendiendo de personas que no son como yo?

Conozco a más personas y me conozco más a mí. Cambian las clases.
Conozco más a las personas y me conozco más a mí. Cambian de clase.
Conozco a personas, aprendo y cambio. Cambio de clase.

¿qué clase de persona eres? ¿qué clase de persona soy?

Cualquier canción

Escuchas canciones hasta que una letra te da la razón. No te convence cualquier canción. No quieres sentirte alguien extraño. Quieres saber que otros sienten cosas tan irrepetibles como las que tu sientes. Alguien lo siente y lo canta. Escuchas tu canción.

Escuchas canciones para tu estado de ánimo. No quieres cualquier canción. Necesitas una que te haga sentirte peor que mal o mejor que bien. No quieres sentir en soledad. Necesitas el ánimo o el desánimo del cantante. El cantante canta. Te canta una canción.

Solo comprendes el pasado

Solo te das cuenta de que has estado distraído cuando te aburres.

Solo te das cuenta de que una persona te ha estado utilizando cuando te deja de utilizar. Notas la distancia, notas que ya no te necesita y comprendes el pasado.

Solo te das cuenta de que una persona te ha estado engañando cuando no consigue engañarte. Descubres la mentira y dudas de todo lo demás. Esa única verdad convierte todo lo demás en mentira y comprendes el pasado.

Hoy por la mañana

Me meto en el metro. La gente calla y se sujeta a las barras de acero. Sus rostros visten yelmos invisibles. Ninguna emoción atraviesa las celadas impertérritas.

Alguien lanza una mirada y se hace añicos contra alguna de esas cimeras emperifolladas.

El estribillo termina en mis auriculares y una tos se cuela en la música instrumental. En frente de mí un torso anónimo se sacude. Nada más lo sacará del anonimato. Nada más volvera a tener en cuenta que viajo en ese vagón. Es otro viaje tranquilo a ninguna parte.

Una señora se delata. Sube sola las escaleras mecánicas y niega con las cabeza. Algo contradictorio se le ha escapado de su armadura emocional.

Salgo a la calle. Respiro sobre mis manos y camino entre el frío. Vaya. Los cordones mis zapatos han deshecho los concienzudos nudos. Decido arriesgarme y no me detengo. Pronto se me olvida.

Ya estoy en la oficina. Los viajes expedicionarios por la ciudad han terminado por hoy 🙂

La elegancia del Kung Fu

Tener Kung Fu significa algo como tener “maestría”. En occidente lo solemos reducir a la maestría en el arte marcial chino de estilo Shaolín.

Europa importa el término de manera accidental. Los occidentales visitan China y observan a los artistas marciales practicar sus habilidades. El público chino celebra su maestría: “Kung Fu, Kung Fu” y los extranjeros asumen así el término. Para entender la ironía, esto es tan erróneo como si los orientales, a la inversa, llamasen “Gol, Gol” al fútbol u “Olé, Olé” a los toros. 🙂

Sucede que las artes marciales son un camino estupendo para alcanzar Kung Fu y en la China tradicional, han jugado un papel muy importante en la religión, la política y la cultura china.

Kung Fu es una lucha contra ti mismo. Es una lucha contra el dolor, contra la pereza, contra la vanidad. Es muy fácil reconocer cuando alguien tiene Kung Fu en algo. ¿Conoces a alguien que pasa horas y horas practicando alguna disciplina? ¿alguien que no protesta, sino que agradece poder esforzarse en esa determinada materia? ¿alguien que sólo actúa por “amor al arte”? ¿alguien que trata de superarse a si mismo pero que desprecia la competición? ¿alguien que rechaza humildemente las comparaciones? ¿cómo lo describes?  ¿entusiasta? ¿apasionado? ¿hacker? 🙂

Para ser feliz, debes encontrar lo que saca lo mejor de ti mismo. Debes rodearte de las personas que sacan lo mejor de ti mismo. La sensación de haber estado distraído, de haber estado concentrado en algo, es una sensación muy placentera. No importa si lo que te gusta hacer no está de moda. No importa si lo que te hace feliz no es impresionante.

Si quieres estar en paz contigo mismo, debes combatir contra ti mismo. Parece paradójico pero es así. Esa es la única batalla. Tú eres tu único enemigo.

Todo esto choca con lo que veo a mi alrededor. La sociedad te invita a conseguir rápidamente el placer y a rechazar el esfuerzo. La modernidad estigmatiza la humildad. Parece ser tan importante disfrutar, como presumir de que disfrutas. Las relaciones humanas se basan en la competición y en la comparación. No importa el camino en el que está una persona, ni los esfuerzos que esté realizando, solo se premian los éxitos.

La elegancia tiene que ver más con la humildad que con chulearse. Todo cuenta en la elegancia: la forma en la que hablas, la forma en la que te sientas, la forma en la que andas, etc. Cuidar las formas no significa cuidar sólo las apariencias. Significa una actitud serena y positiva frente a las cosas. Significa que aceptas con humildad  los retos que lleguen a continuación. Significa que estás dispuesto a sacar lo mejor de ti mismo. No hay razón para presumir por ello o para adoptar una pose chulesca.

Por el contrario, hay gente que va por el mundo con actitud de que te va perdonando la vida. 🙂 Como si tuviera que mostrar (no demostrar) habilidades por falta de retos… Esto tiene mucho que ver con las inseguridades o con los complejos, con los miedos… como si aún no ha encontrado aquello que saca lo mejor de sí mismo…

Imaginar

Imagina conmigo.

Piensa en una lona que cubriese el mundo. Me refiero a ras del suelo. Como una sábana que tapase cada bosque, cada montaña, cada casa, cada valle, etc.

Ahora imagina que esa lona estuviese a 100 metros de altura pero conservando el relieve del suelo. Imagina esa superficie imaginaria. Dibujando ondas imaginarias como si fuese un molde de escayola imaginario, a 100 metros de altura.

Piensa en que ese plano imaginario existe y está encima de tu cabeza, a 100 metros de altura. Asómate y mira hacia arriba, si quieres. Imagínatelo.

Nadie piensa en él porque no tiene nombre. ¿no tiene, no? ¿se lo ponemos? Tal vez, los pilotos de aviones lo hayan imaginado alguna vez… o la soñadora mente de las aves migratorias…